
Hacía un rato me estaba paseando por el Mercado Viejo y se me ocurrió de golpe que lo que veía era por primera vez. Hay dos catres, sillas despatarradas y sin asiento, diarios tostados de sol, viejos de meses, clavados en la ventana en el lugar de los vidrios.
Me paseaba con medio cuerpo desnudo, aburrida de estar tirada, desde mediodía, soplando el calor que junta el techo y que en las tardes se derrama por las habitaciones.
Caminaba con las manos hacia abajo, oyendo golpear las sandalias en las baldosas mientras imaginaba que poco a poco se hacían tierra. Movía la cabeza de un lado a otro, contemplando el nuevo escenario, y esto me hacía crecer. Y cuando pude darme cuenta, yo era la única flor con aroma en aquel paisaje devastado, y tú el único que apreciaba mi olor ..